Estaba sentada alta, blanca, rubia; no era muy voluptuosa; sin
embargo, tenía la cintura moldeada y caderas tentadoras, las cuales movía
armoniosamente al caminar. Sin más permanecía allí, nuevamente en aquel bar.
Vestía pantalón de cuero ajustado a sus
muslos de nieve, botas negras de tacón delgado terminado en punta que usaba por fuera de
la funda de sus bellas y ocultas piernas; una blusa negra que mostraba sus deliciosos senos casi hasta la mitad; chamarra de piel
cerrada hasta la mitad, que aunque tapaba su espalda de nieve, acentuaba otro
atributo de su hermoso talle.
Su bella melena, acomodada perfectamente
sobre sus hombros, acentuaba su porte sensual en la barra de aquel lugar. Las
bellas y tersas manos que salían de las mangas sostenían elegantemente una copa
con su bebida y un cigarrillo, que si bien no era lo más atractivo en una
mujer, le resaltaba la sonrisa de perversidad que llevaba en su cara; la
sensualidad de los ojos delineados de negro, aumentaba su tono verde y su
insistencia al mirar hacía la pista donde bailaban algunos asistentes al bar,
de forma que enfatizaban más su tosca y ebria manera de bailar.
Después de algunas horas de
permanecer junto a la barra bebiendo y fumando, por fin se levantó del asiento,
caminó lenta y seductoramente hasta un chico; de esos que no cualquiera
definiría como el hombre ideal, aquél de músculos definidos, espalda
ancha, piernas gruesas, pompis de tentación y algún otro atributo a simple vista.
Sólo era un muchacho de estatura media, delgado, pálido y con apariencia
tímida.
Después de susurrar algunas cosas en el oído
de ése pobre infeliz, lo tomó del rostro con cierta firmeza y lo besó
apasionadamente; acto seguido dio la media vuelta y se dirigió a la salida. El
pobre joven quedó perplejo, atónito por un segundo; fue entonces cuando miró
rápidamente el reloj, tomó su billetera, se encaminó a la barra, pagó la cuenta
y salió detrás de la rubia. Casi corriendo la alcanzó, la tomó por el cuello,
la besó, paró un taxi e instantes después desaparecieron entre las sombras
proyectadas por la noche.
Minutos después llegaron a un lujoso cuarto,
brillante y reluciente por donde se le mirara; no obstante, el lujo era lo que
menos importaba, él sólo la tomó fuertemente de la cintura, y, tras otro
ardiente beso, quitó, una a una cuanta prenda la cubría. Exhibió su torso, besó
su espalda, desabotonó su pantalón, quitó suavemente las prendas encaje negro que llevaba
debajo hasta dejarla totalmente desnuda. Por su parte ella no tuvo piedad,
arrancó feroz y velozmente la ropa de su acompañante, lo arañó, mordió y empujó
contra la cama.
Pasaron horas antes de que ella tomara su
ropa e invirtiera el proceso que gentilmente comenzó al entrar a la recámara.
Mientras, él se dirigió a un frigobar que había casi junto a la puerta, tomó
una cerveza y regresó a la cama. Seguido a esto, hizo una seña e indicó a la
bella rubia que regresara a la cama, quien de pronto sólo lo miró de reojo.
Sin palabras de más, aquella
mujer de personalidad aterradora tomó su pequeño bolso, sacó un cigarrillo y lo
encendió. Un gesto de molestia en la cara del que yacía en la cama la hizo
mirarlo de reojo, y con un movimiento rápido tomó una pequeña pistola de su
bolso, volteó y le disparó fríamente a la cabeza. Regresó a la cama, tomó una
rosa que permanecía junto al ahora cadáver y la colocó en su pecho. Miró a la
puerta, vio su cigarrillo en el suelo, apagado. Sacó otro, lo encendió y salió
del cuarto para no regresar jamás.
