domingo, 26 de febrero de 2017

El bar

Estaba sentada alta, blanca, rubia; no era muy voluptuosa; sin embargo, tenía la cintura moldeada y caderas tentadoras, las cuales movía armoniosamente al caminar. Sin más permanecía allí, nuevamente en aquel bar.
Vestía pantalón de cuero ajustado a sus muslos de nieve, botas negras de tacón delgado terminado en punta que usaba por fuera de la funda de sus bellas y ocultas piernas; una blusa negra que mostraba sus deliciosos senos casi hasta la mitad; chamarra de piel cerrada hasta la mitad, que aunque tapaba su espalda de nieve, acentuaba otro atributo de su hermoso talle.
Su bella melena, acomodada perfectamente sobre sus hombros, acentuaba su porte sensual en la barra de aquel lugar. Las bellas y tersas manos que salían de las mangas sostenían elegantemente una copa con su bebida y un cigarrillo, que si bien no era lo más atractivo en una mujer, le resaltaba la sonrisa de perversidad que llevaba en su cara; la sensualidad de los ojos delineados de negro, aumentaba su tono verde y su insistencia al mirar hacía la pista donde bailaban algunos asistentes al bar, de forma que enfatizaban más su tosca y ebria manera de bailar.
Después de algunas horas de permanecer junto a la barra bebiendo y fumando, por fin se levantó del asiento, caminó lenta y seductoramente hasta un chico; de esos que no cualquiera definiría como el hombre ideal, aquél de músculos definidos, espalda ancha, piernas gruesas, pompis de tentación y algún otro atributo a simple vista. Sólo era un muchacho de estatura media, delgado, pálido y con apariencia tímida.
Después de susurrar algunas cosas en el oído de ése pobre infeliz, lo tomó del rostro con cierta firmeza y lo besó apasionadamente; acto seguido dio la media vuelta y se dirigió a la salida. El pobre joven quedó perplejo, atónito por un segundo; fue entonces cuando miró rápidamente el reloj, tomó su billetera, se encaminó a la barra, pagó la cuenta y salió detrás de la rubia. Casi corriendo la alcanzó, la tomó por el cuello, la besó, paró un taxi e instantes después desaparecieron entre las sombras proyectadas por la noche.
Minutos después llegaron a un lujoso cuarto, brillante y reluciente por donde se le mirara; no obstante, el lujo era lo que menos importaba, él sólo la tomó fuertemente de la cintura, y, tras otro ardiente beso, quitó, una a una cuanta prenda la cubría. Exhibió su torso, besó su espalda, desabotonó su pantalón, quitó suavemente las prendas encaje negro que llevaba debajo hasta dejarla totalmente desnuda. Por su parte ella no tuvo piedad, arrancó feroz y velozmente la ropa de su acompañante, lo arañó, mordió y empujó contra la cama.
Pasaron horas antes de que ella tomara su ropa e invirtiera el proceso que gentilmente comenzó al entrar a la recámara. Mientras, él se dirigió a un frigobar que había casi junto a la puerta, tomó una cerveza y regresó a la cama. Seguido a esto, hizo una seña e indicó a la bella rubia que regresara a la cama, quien de pronto sólo lo miró de reojo.

Sin palabras de más, aquella mujer de personalidad aterradora tomó su pequeño bolso, sacó un cigarrillo y lo encendió. Un gesto de molestia en la cara del que yacía en la cama la hizo mirarlo de reojo, y con un movimiento rápido tomó una pequeña pistola de su bolso, volteó y le disparó fríamente a la cabeza. Regresó a la cama, tomó una rosa que permanecía junto al ahora cadáver y la colocó en su pecho. Miró a la puerta, vio su cigarrillo en el suelo, apagado. Sacó otro, lo encendió y salió del cuarto para no regresar jamás.